18 junio 2005

El Elegido (Primera parte)

Mientras lentamente bajaba por la rampa hacia el desértico terreno, pensaba en que sería el primer ser humano en posar un pie sobre ese nuevo mundo. La transparente y redonda escafandra de su traje le permitía mirar en todas direcciones sin problemas. Era de día, más no había mucho que ver. A algunos metros se divisaba apenas la nave robot que seis meses antes había amartizado en este extraño paraje a miles de kilómetros de la Tierra. La nave robot contenía las provisiones necesarias para un mes, tiempo suficiente en el que debían poner en marcha los vitales proyectos: el invernadero con la coraza protectora de rayos ultravioleta para cultivar sus alimentos, las placas solares para obtener energía del sol y la perforadora con la cual podrían llegar hasta la capa de hielo ubicada a unos cuantos metros bajo sus pies. La energía de las placas solares les permitiría romper las moléculas del agua y generar oxígeno.
Un gran trabajo les esperaba y el ánimo era óptimo, pero la dificultad de cada uno de sus movimientos les hacía recordar que el largo viaje sin gravedad había hecho efecto en sus músculos debilitándolos hasta tal punto que mantenerse en pie era extenuante. Daba gracias a que la fuerza G en ese nuevo planeta era menor que en su planeta natal. Newton tenía razón, a menor masa en los cuerpos, la energía de atracción era menor y Marte sí era más pequeño.
Sus botas dejaban una marca profunda en el suave terreno. El color rojizo del planeta era imperceptible en la superficie, más bien, si le hubiesen pedido definirlo en uno sólo, le parecía grisáceo. Pequeñas elevaciones eran interrumpidas por fosas de mediano tamaño producto, posiblemente, de los constantes meteoritos que chocaban contra la faz del planeta casi sin atmósfera que los detuviese. Cada paso lo agotaba, más estaba dichoso de haber sido elegido para esa misión. La nave robot ya estaba cerca y también sería el primero en llegar, más no esperaba lo que sus ojos atónitos observaban ahora.

14 junio 2005

Terremoto

- ¿Se ha dado cuenta maire? Hace tiempo que no tiembla – decía la muchacha mientras meneaba sus manos en un acompasado movimiento a medida que su madre, desde el otro extremo, tiraba de la grasienta lana que maniataba sus tersas manos. El ovillo casi estaba listo. De noche, la escurridiza luz anaranjada del fuego dibujaba fantasmas en los tablones. En la habitación del lado, él continuaba con su furioso vaivén. La niña hace mucho que había dejado de gritar, sólo sollozaba, anestesiada por el mismo dolor que su padre le infligía en su carne virgen. - No recuerdo cuándo fue la última vez que sentí temblar - repetía, casi extraída de ese tenebroso hogar: nada más que una choza de dos habitaciones con un fogón central con escasos y rústicos muebles, húmedos y mohosos, en un piso de tierra endurecida por pisadas de tiempos inmemoriales. Desde hace mucho tiempo que había dejado de ser la preferida de su padrastro. Trastornada por el abuso constante y silencioso de un pecado sin nombre ya no era agradable para él. El riachuelo cercano volvía a sonar: el ruido de la otra habitación se había contraído, más aún se escuchaban algunos finos gemidos. La mujer con el redondo bulto de lana, pelo cano pese a que aún no superaba los 40, ropa sucia y maloliente, raída por tantos años de descuido, lavaba su rostro con las pocas lágrimas que aún desfilaban por sus mejillas. Continuaba abstraída en sus culposos pensamientos. Sí, culpable por no hacer nada para impedir ese terror innombrable. Ya casi no emitía palabras para no recibir otro puntapié en su estómago. Aún no curaba del todo de la golpiza aquélla en que casi pierde todos sus dientes. - Es verdad -, por fin pudo poner su mente en otros, tampoco recordaba la última vez que había temblado.

Inmenso en porte, barba roñosa que llegaba hasta su ombligo, piel mugrienta y sudado, el hombre subía sus pantalones luego de consumar el bestial acto. Apagar la sed era ahora su norte, pero ya casi no quedaba alcohol en la botella.

Una calma extraña, que no duró más que un momento, fue seguida de un ruido profundo. Un crujir de huesos enormes y subterráneo. El piso comenzó a moverse, primero lentamente, luego otra pausa, silencio, luego comenzaba otro movimiento brusco, esta vez cada vez más intenso. La leña arrumada al lado de la choza caí estrepitosamente. El riachuelo, frío testigo de todas las desdichas de ese deshabitado paraje, detenía su avance y ahora se desviaba. El techo de la habitación se rompía en su centro. Todo era oscuridad y crujidos de madera. El piso bailaba terriblemente, se resquebrajaba y finalmente se abría hondo y negro bajo sus pies. Horrorizados gritaban, más su caída ahogaba los sonidos. Todo: la choza, el riachuelo y ellos, se hundían en el pozo sin fin del mismísimo infierno que, no soportando más el dolor de aquellos seres infrahumanos, había abierto un hueco para tragar y tapar ya no más con silencio sino con sucia tierra su innombrable pecado.

07 junio 2005

Lo llamaban Chico


Su hermano lo llamaba, desde siempre, Chico. Si bien eran tres, sólo uno no lo llamaba por su verdadero nombre.

Pero Chico no era pequeño, no. Era de los más altos entre sus amigos. Era de los primeros en escalar muros y coger los frutos más encumbrados de los árboles.

Le decían Chico, más esto no le molestaba. ¡Y no era feo, no! De tez morena y cara afable siempre recibía pellizcos en sus mejillas de las viejas solteronas y de las conocidas de su madre: - ¡Este chico tan rico, dan ganas de comérselo… va a ser muy guapo cuando mayor! - exclamaban las señoras.

- Vamos a jugar a la pelota Chico - se eschuchaba en los recreos. Pero al chico no le molestaba que lo llamaran por otro nombre. ¡Y no era nadita de tonto, no!: era el más aventajado de su curso, un cuarto básico de un colegio municipal. – Este chico es muy inteligente señora, tiene las mejores calificaciones de su curso.- decía el mismísimo director al entregar el diploma al mejor alumno del 4to año “A” del Colegio Balmaceda, fechado en 1984, a su orgullosa y feliz madre.

- Ya Chico, no seas tan cachetón - lo molestaban sus amigos, pero al chico no le importaba. Y no se lo crean, no era nada de engreído. A su corta edad, no conocía la vanidad ni el egoísmo. Tenía muchos amigos tanto en el colegio como en su vecindario. Había sido elegido el mejor compañero en varias ocasiones y en las celebraciones de cumpleaños y santos era el más regalado de todos.

Amigo fiel, no feo, de amplia sonrisa y no tonto, no sabía por qué le habían puesto “Chico”. Más no le importaba.

- Sal a jugar, Chico - le gritaban desde afuera. Y el chico, que en realidad era grande, salía corriendo, alegre, a gozar de los felices recuerdos de aquellos años de su infancia.

02 junio 2005

El maestro de Anatomía


Nunca antes había visto a un muerto. La sala de disección, colmada de mis compañeros separados al azar por grupos de a cinco, estaba gélida. Pese a que aún era verano y el sol traspasaba los cristales de la habitación, tapado en algunos momentos por una que otra rama de los árboles de la calle afuera, estaba congelado. El muerto estaba cubierto con una pieza de género blanco y desgastado, casi transparente, con manchas amarillas en sus bordes. No olía mal. En realidad olía a nada. Pese a mis sentidos agudizados al máximo por la tensión del momento, no percibía aromas, sólo frío. Estaba nervioso, como en mi primer día de colegio, más no por el muerto en sí: Estaba temblando por el maestro que me habían asignado como ayudante para todo el resto del año. Un hombre alto, de aspecto serio, que creo parecía más viejo de lo que realmente era, aunque nunca le preguntaría su edad, porque jamás llegué a conocerlo bien. Nos atravesaba con su mirada, sus ojos inquisitivos eran nítidos tras de sus anteojos, redondos y plateados. Su gran calva brillaba junto con la habitación. Ya nos habían advertido de él y de su forma de demoler y humillar al interrogar a los alumnos de primer año de Medicina. Nos contaron que siempre elegía a uno, al que le hacía la asignatura imposible. Por suerte mía, prefería entre sus víctimas a las mujeres. Los cirujanos antiguos, no sé el por qué, no aprecian al género opuesto como colegas de trabajo. Lamentablemente, en el grupo en que me encontraba no había mujeres.

Con voz severa, pero pausada y apuntando con su dedo al cielo, midiendo el alcance de cada una de sus palabras, nos resumió lo que sería el año de Anatomía. - Esta es una asignatura decisiva, la más importante de su carrera, el no aprobar Anatomía significa que no podrán continuar en esta fascinante carrera. Exigiré al máximo su cerebro … No todos merecen aprobar, no todos merecen estar aquí: tradicionalmente un tercio de ustedes no pasará este ramo - dijo . Sonreía de una manera casi maléfica, gozando tras cada una de sus palabras cómo nos hundíamos en nuestros pisos de madera, que si bien tenían una gran altura para alcanzar cómodamente la mesa de disección, apenas nos dejaban rozar el suelo con las puntas de nuestros zapatos. Nos veíamos pequeños , encorvados como el trigo después de la lluvia, envejeciendo precipitadamente en esa sala sepulcral, con las manos entumidas. Nunca antes había visto un muerto, pero ya tenía miedo. Y pensaba que tal vez, ese muerto que aún no conocía su rostro, aún tapado por el género blanco con manchas amarillas en esa madrugada gélida, fue en algún momento un alumno como yo.

01 junio 2005

Déjate caer


- No te acerques tanto a la ventana -dijo mi madre, mientras planchaba mis shorts -.

El pavimento, abajo, irradiaba un inmenso calor producto del asoleado día. En ese momento, hace 20 años, sentía miedo de estrellarme contra el suelo desde un duodécimo piso, pero el temor se iría pasando con el tiempo, hasta convertirse en una fascinación ...